YERBA BRUJA 
J.A. Corretjer,  1957
 
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Libro Yerba Bruja

 

La Catarsis Boricua - Introducción


Facundo Cabral asegura que “Puerto Rico es una fiesta” y si él lo dice, yo lo secundo. Prueba de ello es la cantidad de días de feriados que se rememoran en la isla. Uno de sus días feriados más destacados es el 25 de julio. Ese día generalmente es bendecido con un precioso día playero en el que abunda la música caribeña, la comida típica e innumerables cervezas. Sin embargo, como ente político y social, el pueblo boricua de la isla puede decir que ese fue el día que los montes parieron.

La efeméride oficialmente celebrada es el “Día de la Constitución”, que de por si no es poca cosa. Pero me atrevo a señalar que esa fecha fue estratégicamente seleccionada para solapar un evento que ocurrió 54 años antes del nacimiento del Estado Libre Asociado de Puerto Rico. También me la juego a que lo ocurrido 26 años después de la inauguración de La Constitución, no fue un acto impensado. Vamos al grano.

El 25 de julio de 1898 la marina de los Estados Unidos, comandados por el general Nelson Miles invade la isla de Puerto Rico por las costas del pueblo de Guánica como un accesorio de la guerra Hispano-Americana. Digamos también que ese día comenzó una de esas relaciones amor-rencor dignas de cualquier telenovela. Desgraciadamente para los isleños, el papel que les tocaría representar desde el principio de la obra fue el de la criada morenita con sueños de artista. Lo que no imaginaba aquel galán del norte era que el desembarco marcaría el primer día de los primeros 100 años de esta relación que hoy continúa, aunque en otros términos y circunstancias.

Algunos puertorriqueños de la época ilusamente pensaron que la llegada americana traería progreso económico, libertades adicionales a la autonomía obtenida desde España y quien sabe sí hasta un matrimonio con papeles y todo. Lamentablemente, Estados Unidos abusó del pueblo boricua durante décadas apoyados en la política determinada en el Tratado de Paris que dicta; "... los derechos civiles y la condición política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los Estados Unidos se determinarán por el Congreso". Poco después ese Congreso decidiría que isla es "territorio no incorporado"; es decir, "pertenece a, pero no es parte de" los Estados Unidos, situación que prevalece hoy día.

Si eso no fue imperialismo, pues que alguien me explique. En concreto eso representó un gran cambio para Puerto Rico y sus habitantes. Las primeras medidas post-guerra hispano-americana fueron la devaluación del dinero corriente, la confiscación de toda propiedad administrada por el gobierno español y local y la substitución del capital nativo e ibérico por el nuevo interés estadounidense. Con el establecimiento de un rígido gobierno militar, los intentos de imponer el idioma ingles como vernáculo y el empobrecimiento económico, político y social de los naturales de la isla se acuñó el dicho del “Americano Feo”.

No vale la pena enumerar los tristes eventos y leyes que marcaron el interés del Congreso Americano sobre la isla y su pueblo. Pero no puedo dejar de mencionar la oportuna imposición de la Ciudadanía Norte Americana ocurrida en 1917, dos años antes de embarcar 20,000 isleños hacia los distintos frentes de la Primera Guerra Mundial. Esta política de reclutamiento masivo y compulsorio de puertorriqueños ha sido repetida en la Segunda Guerra Mundial y en los conflictos de Corea y Vietnam. Hoy se repite para las guerras del Medio Oriente pero con la atenuante de unas fuerzas armadas de reclutamiento contractual.

Admito sin embargo que no todos los americanos han sido tendenciosos en perjuicio de la isla. Puedo mencionar a Jack Delano, fotógrafo social, que publicó realidades gráficas del pueblo puertorriqueño en los círculos de Washington y el resto del mundo. No sé si por esa gestión filantrópica o por otros asuntos que carismática Eleonor Roosevelt, esposa del presidente Franklin Roosevelt, viajó a Puerto Rico acompañada de su espíritu de justicia social. Con esta visita comenzó un tratamiento mucho más empático y hasta quizás un tanto paternalista hacia la isla de parte del gobierno americano.

Durante los años subsiguientes se establecieron las primeras obras publicas y un programa de reconstrucción de la infraestructura física, económica y política de Puerto Rico. Sin embargo, no se pueden olvidar los múltiples vejámenes que se infligieron al pueblo boricua. Entre estos el auspicio oficial de la emigración masiva, el establecimiento de imponentes bases navales en las islas de Vieques y Culebras y la persecución trágica sufrida por el anhelo nacionalista.

Dentro de estas condiciones evolucionó el primer autogobierno y La Constitución Puertorriqueña el día 25 de julio de 1952. Quien escogió la fecha poco importa aunque generalmente se entiende que el propósito fue el de solapar el aniversario de la invasión americana. La Constitución del Estado Libre Asociado o ELA es, en su esencia, genial. Es obra de una asamblea constituyente que tuvo el beneficio de conocer y entender la Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU de 1949 y la infraestructura de separación de poderes norteamericana. Su Articulo II y todas sus secciones es todavía hoy uno de los más completos en su genero. Explícitamente, para mediados del siglo XX, contaba más derechos de lo que las leyes americanas reconocían para sus propios ciudadanos. Un ejemplo de esto es su Sección 1 del Articulo II que dicta:

"La dignidad del ser humano es inviolable. Todos los hombres son iguales ante la ley. No podrá establecerse discrimen alguno por motivo de raza, color, sexo, nacimiento, origen o condición social, ni ideas políticas o religiosas. Tanto las leyes como el sistema de instrucción pública encarnarán estos principios de esencial igualdad humana. "

Sin embargo, esa constitución padece de dos defectos únicos en la historia constitucional del mundo moderno. No es lo que dicen en sus páginas, sino lo que dejan de decir, lo que desgraciadamente la atrofia. Primero, no especifica de donde emana la soberanía última de la Nación Puertorriqueña. Ese desliz ha permitido al Congreso Americano siempre tener la última palabra en todo lo que ellos han entendido pertinente. Pero por si eso fuera poco, su pecado mortal es el no establecer claramente; como, cuando y donde obtener dicha soberanía definitiva si así el pueblo lo desease.

A partir del establecimiento del gobierno autonómico, y bajo la égida del Gobernador de Puerto Rico, Don Luis Muñoz Marín, la isla se transformó radicalmente. Reformas agrarias, educacionales, industriales y sociales dieron a luz lo que hoy es Puerto Rico dejando atrás los tiempos de latifundios cañaverales, analfabetismo masivo y enfermedades perniciosas que abundaron por generaciones.

Pero todo en la vida tiene un precio y la modernización ha sido costosa para Puerto Rico. La arrabalización de los centros urbanos, la degeneración social, el consumismo brutal y la crisis de identidad patria son algunos de los productos marginales de una transformación radical en menos de una generación. Otro problema endémico de la isla durante las primeras décadas del ELA, fue la continua disputa de la inconclusa definición de la relación con los Estados Unidos.

Por un lado, la tendencia nacionalista, que aunque con una aceptación minoritaria en el pueblo, siempre ha contado con argumentos verticales y voces de peso. En el otro extremo, se aglutinaron rápidamente las fuerzas que entendían que el destino de Puerto Rico debía ser la anexión de la isla como “Estado 51” de la unión americana. En la defensiva fue quedando la erosionada mayoría del oficialismo defensor de la relación autonómica que ofrece el ELA.

En este circo de tres pistas, el pueblo participa a veces como espectador y otras como parte del espectáculo. Pero siempre ante el silencio omnipresente del dueño la ultima palabra, el gobierno americano. Tanto es así, que si no entiendo mal, el último presidente americano que visitó oficialmente la isla fue John F. Kennedy. Por lo tanto, hace ocho presidentes que no se sabe de ellos. No sé como es que cuatro millones de ciudadanos americanos se le han perdido en el mapa. Espero que la próxima vez que se acuerden de los isleños no sea para seguir llenando las líneas de combate en otro remoto lugar.

Así, un día de 1968 ocurrió lo inesperado. Los anexionistas ganaron la gobernación derrotando a los arquitectos del ELA. Desde entonces, ambos partidos políticos se han intercambiado el poder administrativo más veces que los matrimonios de Elizabeth Taylor.

A pesar de dichos cambios, varios elementos se repitieron sin importar el gobernante de turno. Primero, la creciente corrupción gubernamental y el gigantismo del aparato de gobierno. Luego, el deterioro de la retórica política y la sustitución de la economía productiva por el “mantengo social” basado en ayudas provenientes de los Estados Unidos.

Todo esto, fue a su vez agravado por la hostilidad oficial hacia la oferta independentista, que aunque minoritaria, ofrecía una oposición alternativa a la situación imperante. Esta actitud se reflejó tristemente en la marginación de dichos sectores por una gran parte de la sociedad boricua que tildaba de comunistas y otros epítetos típicos de la guerra fría a todo aquel que manifestaba abiertamente su nacionalidad puertorriqueña.

Esta última expresión conoció a su “Némesis” el día que Borinquen parió al más notorio de todos sus montes, “El Cerro Maravilla”. El 25 de julio de 1978, un grupo independentista clandestino, llegó a dicha montaña con la intención de sabotear unas antenas retransmisoras de televisión. El grupo de tres jóvenes, no portaba armas y planificaban pegar fuego a unos tanques de presión que permanecían en el lugar.

Dos de los jóvenes desconocían que un agente encubierto los acompañaba simulando ser uno de ellos. Este agente a su vez, había coordinado una emboscada con la División de Inteligencia de la Policía de Puerto Rico. Para mala fortuna los saboteadores, la policía los detuvo y los ejecutó en el lugar estando ellos arrestados de rodillas. La oposición política independentista y los familiares de las victimas acusaron públicamente al entonces gobernador Carlos Romero Barceló, (anexionista) y otras figuras de su gobierno por la planificación y el eventual encubrimiento de los hechos.

Dos Secretarios de Justicia y varios fiscales exoneraron de responsabilidad a los policías aunque abundaban interrogantes y discrepancias de todo tipo. Por más de dos años la prensa alternativa y distintos grupos de presión de la isla denunciaron enérgicamente hasta lograr un compromiso de la oposición autonomista para reabrir la investigación si estos regresaban al poder. En 1980, en una confusa elección y por muy pocos votos el Gobernador Romero retuvo su puesto pero perdió eventualmente la mayoría legislativa.

El Senado de Puerto Rico liderado por la oposición autonomista, efectuó una extensa vista senatorial transmitida en vivo por radio y televisión. Decenas de agentes policíacos, oficiales del gobierno y peritos de todo tipo desfilaron por el estrado compuesto por una representación senatorial de cada partido. Ante prolongados interrogatorios y una abundante evidencia, los involucrados se atrincheraron en sus coartadas muchas veces apoyados por algunos senadores anexionistas que apelaban a todo tipo de recursos para obstruir la investigación.

El índice de audiencia llegó a su punto más alto la misma noche en que uno de los policías cardinales cayó vencido ante su propio remordimiento y cantó como un ruiseñor. Prontamente varios de los agentes solicitaron inmunidad y comenzaron a declarar crudamente todos los detalles sobre la ejecución y sus motivos.

Lo más impactante no fueron las innumerables lagrimas derramadas parte los acusados, los familiares de las victimas y los propios senadores ante la atrocidad de la verdad. Tampoco fue la profunda trascendencia del desmenuzar aquel encubrimiento oficial que incluía: omisión de evidencia, alteración de testimonios e intimidación a testigos. Sin restarle impacto a lo anterior, puedo decir que los mas que conmocionó al pueblo puertorriqueño fue conocer de los propios ejecutores, sobre décadas de prácticas secretas del aparato gubernamental que sistemáticamente fueron implementadas para infiltrar, desacreditar y desestabilizar organizaciones y ciudadanos particulares que manifestaran tendencias nacionalistas.

Los pecados capitales de la División de Inteligencia de la Policía fueron: la plantación de evidencia falsa y el eventual arresto de inocentes, actos terroristas violentos contra personas y entidades con el propósito de culpar a la sedición y la inconstitucional práctica de crear abundantes expedientes a miles de personas que comulgaban con el ideal independentista. Entre los remedios que se establecieron puedo mencionar: el encarcelamiento de los asesinos, cómplices y otros perjuros, el desaforo de fiscales, técnicos forenses y ministros de justicia involucrados y el desmantelamiento de la tenebrosa División de Inteligencia y sus desafortunadas prácticas.

Poco después se abrieron otras vistas senatoriales sobre el papel que jugaron altos funcionarios del gobierno, incluyendo el propio Gobernador Carlos Romero Barceló. Estas segundas vistas fueron infructuosas en su propósito de demostrar, fuera de toda duda, su directa participación en la planificación de los asesinatos. Sin embargo, después de las primeras vistas, el pueblo de Puerto Rico ya era de por sí: menos incauto, mas tolerante, mejor informado y un tanto más liberado. Liberado, y espero que por siempre, del ominoso estigma de impugnar nuestra propia condición de Nación Puertorriqueña.

Hoy han transcurrido mas de 25 años desde aquella calurosa tarde de un 25 de julio en que un confundido pueblo caribeño, a través de su propia intolerancia, tropezara con su propia verdad. Desde entonces, millones de boricuas en la isla y desde otras comarcas cargamos con más orgullo y menos temores nuestra idiosincrasia puertorriqueña. Condición o bendición que cala mas profundo que cualquier ideología política y vive más allá de nuestras propias costas. Cada vez más atletas, artistas, políticos y demás ciudadanos oriundos y de segundas generaciones boricuas repetimos lo que una vez la Gobernadora de Puerto Rico, expresó enérgicamente en su discurso inaugural; “¡Somos Puertorriqueños Primero!”.

Los retos de la menor de las Antillas Mayores y su pueblo son hoy tan grandes como hace 100 años. Sobre todo, el dilema del estatus político no ofrece una solución temprana o simple. Mientras los añs pasan en esta eterna disputa, el silencio de El Congreso Norte Americano, la parte acreedora de la última resolución, sigue siendo inminente.

Sin embargo, hoy, Puerto Rico es un pueblo mucho mas maduro, más consiente de sí mismo y más feliz de serlo. Todo esto sin haber perdido su capacidad de pueblo evolutivo en armonía con los más altos valores de la expresión humana. Para mí, de por sí, eso es suficiente argumento para una fiesta. Así que secundo otra vez lo que pregona Facundo Cabral, “La vida es una fiesta y la puerta está abierta”.